Autora: ANA GUADALUPE RUELAS PEREA
Columna: Bajo el lente de la Prevención
A mis primas Arminda y Liliana, a mi comadre Irene, a Berthita, a la mamá de mi amiga Claudia, y las muchas pacientes cuyas células malignas han estado bajo el lente de mi microscopio.
El calendario deshoja sus últimas páginas de octubre y, con la llegada de noviembre, las luces que iluminaron de rosa los edificios y los listones prendidos en las solapas comienzan a desvanecerse. Sin embargo, en el silencio que sigue al murmullo colectivo surge una interrogante crucial: ¿Qué queda de un símbolo cuando la temporada concluye?
El verdadero valor de Octubre Rosa no reside en la vigencia de un mes, sino en la huella indeleble que deja en la conciencia. Despedir este período no es cerrar un capítulo ni guardar una causa en el cajón hasta el próximo año; es la oportunidad de transformar un destello temporal en un hábito permanente de cuidado y memoria.
Para comprender la historia de la lucha internacional contra el cáncer de mama, es necesario mirar más allá de las estadísticas. Es preciso adentrarse en las trincheras silenciosas de los hogares, en las miradas sostenidas frente al espejo y en la valentía colectiva de quienes decidieron que el dolor no debía vivirse en las sombras.
El movimiento global contra esta enfermedad nació en el pulso cotidiano de mujeres que transformaron su vulnerabilidad en una bandera de esperanza. Aunque la concientización sobre el cáncer de mama comenzó a tomar fuerza formal en la década de 1990, gracias al impulso de organizaciones filantrópicas, figuras como Evelyn Lauder y Charlotte Haley quien popularizó el icónico lazo rosa, la verdadera historia la escribieron las pacientes. Cada diagnóstico, en su momento, fue un crepúsculo repentino: una sombra fría que irrumpió en la vida cotidiana sin previo aviso, fragmentando la certeza y la certidumbre.
Filosóficamente hablando, el cáncer de mama pone a prueba nuestra relación con el tiempo y con el cuerpo. El cuerpo, que solemos habitar con la ilusión de la permanencia, se convierte de súbito en un territorio de batalla. Sin embargo, en esa lucha encarnada surge una paradoja profundamente conmovedora: es precisamente en la herida donde germina la luz. Las mujeres que han transitado este camino, y las familias que las han sostenido con manos temblorosas pero firmes, descubren una forma de resiliencia que trasciende la mera supervivencia. Es una transformación íntima; aprenden a abrazar cada amanecer con una intensidad inusual, a reconciliarse con las cicatrices como si fueran mapas de un combate ganado y a valorar la textura efímera de la existencia.
El rosa de octubre no es un color decorativo ni una consigna comercial pasajera; es un grito sordo de amor propio y comunitario. Representa la negativa a rendirse ante la oscuridad del pronóstico y la certeza de que ninguna mujer debería caminar sola por esa cornisa. Cada octubre, el mundo se ilumina con este tono para recordarnos que la ciencia avanza gracias a la memoria de quienes se fueron y a la lucha incansable de quienes continúan.
Cuando las banderas de campaña se retiran, da inicio el verdadero reto. La prevención del cáncer de mama no debe medirse en días del calendario, sino en vidas salvadas mediante la detección oportuna.
Prevenir no es un acto de miedo, sino una manifestación de amor propio. Escuchar las señales sutiles, acudir a revisiones periódicas y desmitificar la enfermedad exige superar el tabú para convertir el autocuidado en un ejercicio cotidiano de responsabilidad y dignidad.
Que el fin de octubre rosa no extinga la conversación. Al despintar las fachadas y guardar los listones, conservemos intacta la promesa de cuidarnos y cuidar a quienes amamos. El color puede atenuarse, pero la responsabilidad, el amor a la vida y el compromiso con la prevención deben permanecer encendidos los 365 días del año.
—
Es médica egresada de la Universidad Autónoma de Sinaloa, con especialidad en Anatomía Patológica realizada en el Hospital Civil de Culiacán. Desde 2016 se desempeña como Jefa del Servicio de Anatomía Patológica en el Instituto Sinaloense de Cancerología, donde lidera procesos diagnósticos y de mejora continua en el área. Asimismo, trabaja como médico adscrito el Hospital Pediátrico de Sinaloa. en Paralelamente, desde 2016 es maestra de asignatura en la Facultad de Medicina de la UAS, contribuyendo a la formación académica de nuevas generaciones de profesionales de la salud.
